Democracia y cultura: ¿qué sociedad estamos construyendo en el Ecuador?

Por Oscar Abril Flores

 

La democracia suele entenderse como el mecanismo mediante el cual una sociedad elige a quienes administrarán el poder público; sin embargo, reducirla al acto de votar sería confundir el destino con el camino. Una elección no garantiza por sí misma una mejor sociedad: expresa, más bien, el nivel de información, criterio, valores y responsabilidad con que una ciudadanía decide. Ecuador se aproxima a las Elecciones Seccionales y del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social de 2027, cuya jornada está prevista para el 29 de noviembre de 2026, según el calendario actualizado por el Consejo Nacional Electoral. En este contexto, la pregunta fundamental no debería ser únicamente quién ganará, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo con nuestras decisiones.

 

La evidencia disponible muestra que la democracia ecuatoriana enfrenta un desafío que trasciende a los partidos. Moncagatta y Poveda (2021) documentan una creciente polarización ideológica en Ecuador y muestran cómo las identidades políticas pueden organizar la competencia electoral alrededor de la oposición entre “unos” y “otros”. Estudios posteriores advierten, además, sobre la importancia de la polarización afectiva: aquella en la que el adversario deja de ser simplemente alguien con una opinión distinta y pasa a convertirse en alguien percibido como moralmente inferior o socialmente amenazante. Este fenómeno es especialmente preocupante porque desplaza la discusión desde las propuestas hacia la identidad, dificultando el diálogo y la búsqueda de acuerdos.

 

La democracia necesita ciudadanos informados, pero también ciudadanos capaces de cuestionar sus propias certezas. La investigación sobre participación ciudadana sostiene que esta no se limita al sufragio, sino que comprende deliberación, vigilancia, corresponsabilidad y capacidad de incidir en las decisiones públicas. En esa línea, la formación cívica constituye una condición esencial para que las personas puedan evaluar propuestas y ejercer un voto responsable. Un estudio reciente sobre formación ciudadana advierte que la educación democrática favorece mejores capacidades para participar y tomar decisiones electorales fundamentadas. Por ello, una sociedad que vota sin informarse puede cumplir formalmente con la democracia y, al mismo tiempo, debilitarla en su dimensión sustantiva.

 

El problema tampoco consiste simplemente en elegir entre izquierda o derecha. Norberto Bobbio (1996) reconoció que la distinción ideológica posee una historia y significados concretos, pero las sociedades contemporáneas enfrentan problemas que no caben completamente en esas categorías. Seguridad, educación, empleo, salud, movilidad, ambiente, corrupción y desarrollo territorial exigen respuestas evaluables por sus resultados, no por la etiqueta política de quien las propone. La pregunta democrática más madura, entonces, no debería ser “¿de qué lado estás?”, sino “¿qué decisión produce mayor bienestar colectivo y puede defenderse ética y racionalmente?”.

 

Esta perspectiva no significa eliminar las diferencias ideológicas; significa impedir que esas diferencias destruyan la capacidad de convivir. La democracia requiere oposición, crítica y pluralismo, pero también límites éticos. La investigación comparada sobre polarización advierte que las divisiones políticas pueden deteriorar la confianza y reducir la disposición a interactuar con quienes piensan diferente, especialmente cuando la competencia política adquiere una dimensión afectiva. En Ecuador, donde la desconfianza institucional y la fragmentación política constituyen problemas persistentes, convertir al adversario en enemigo puede resultar mucho más costoso que perder una elección.

 

Por ello, frente a las próximas elecciones, el desafío ciudadano consiste en recuperar una idea sencilla pero profunda: la democracia no debería preguntarnos primero si somos de izquierda o de derecha, sino si somos capaces de actuar con lógica humana. Lógica para distinguir hechos de propaganda; ética para reconocer límites; responsabilidad para asumir las consecuencias del voto; y humanidad para comprender que quien piensa diferente continúa siendo parte de la misma sociedad. El verdadero destino democrático del Ecuador no se decidirá únicamente en las urnas, sino en la cultura que construyamos alrededor de ellas. Si educamos para comprender, debatir y respetar, la elección puede convertirse en una herramienta de desarrollo; si votamos desde el odio, la desinformación y la polarización, cualquier resultado corre el riesgo de profundizar las fracturas que ya nos separan. La democracia, en última instancia, no es solamente elegir autoridades: es aprender a construir juntos el país que tendremos que habitar después de la elección.